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Club de la Constitución

Club de la constitución

Bienvenido al Club de la Constitución.

Sep14

Respetar y proteger la Constitución

Nuestra Constitución de 1978 y, por extensión, todo el sistema constitucional que de ella deriva, nunca había recibido tantos ataques, desprecios, improperios y amenazas, como está padeciendo en este tiempo. De manera un tanto incomprensible y también, por qué no decirlo, asalvajada; estos ataques no solamente provienen, en muchos casos, de quienes conocen nuestro sistema constitucional y de él se benefician más directamente, sino también de quienes ignoran por completo sus artículos. Creo no exagerar, si afirmo que hoy existe una múltiple y efusiva estrategia de agitación social que apunta directamente a la Constitución y que nos lleva a leer cosas como «el Tribunal Constitucional es inconstitucional», «las leyes no son democráticas» o «el proceso constituyente de 1978 fue una pantomima».

Se trata de afirmaciones que siguen extendiéndose entre la opinión pública y que sólo pueden comprenderse, bien por el desconocimiento, bien por la maldad, o bien por el complicado contexto político, económico y social en el que nos encontramos. Un contexto en el que, a mi modo de ver, existe claramente una línea de actuación política y mediática, con la complicidad de otros sectores de la sociedad, tendente a desordenar las ideas de la ciudadanía sobre conceptos básicos que aseguran la convivencia.

En este mismo espacio ya me he referido al error que, a mi modo de ver, representa el razonamiento y diagnóstico que desemboca en ataques al orden constitucional. Para refutar dichas tesis no solamente he citado en otras ocasiones motivos históricos, sociológicos y económicos, también he mencionado la enseñanza ofrecida por reputados pensadores como el propio Thomas Jefferson, quien a principios de siglo XIX escribió a su vecino, el Dr. William Bache, una deliciosa carta para informarle sobre los tristes acontecimientos que se estaban sucediendo en París. En aquella misiva, Jefferson admitía no estar al tanto sobre los reales motivos por los que se había hecho una revolución, y reconocía con temor, desconocer el desenlace que podrían tener aquellos sucesos. Asimismo, se preguntaba si ante la algarabía desatada y las frustraciones sociales existentes, se repetiría la historia de Robespierre o la de César, aunque tal vez estaba asistiendo al novedoso fenómeno de la usurpación del gobierno para, en teoría, liberarlo.

El sabio gobernante norteamericano, recordemos e insistimos otra vez, comentaba a su vecino, que los ciudadanos deben aprender de los acontecimientos de París y extraer importantes lecciones, y por encima de todas, la necesidad de arropar firme y estrechamente su Constitución y no tolerar jamás que se infrinja uno solo de sus preceptos, debiéndose entender igualmente, la necesidad de inculcar a las minorías el deber de aquiescencia de la voluntad de las mayorías; y a las mayorías el respeto a los derechos de la minoría, además de precaverse de las fuerzas militares, aunque éstas sean de ciudadanos, así como de otorgar demasiada confianza a ningún hombre, puesto que la confianza del pueblo francés a Bonaparte le permitió a éste derribar a puntapiés su Constitución y hacerle depender de su voluntad y su vida.

Para Jefferson no había momento más terrible que el de la subversión del orden constitucional. Un acontecimiento que por desgracia ha sido muy común en nuestra tradición, con fatales consecuencias.

Como complemento a las enseñanzas de Jefferson a este respecto, creo necesario recordar también las observaciones de John Stuart Mill, que en 1861 señalaba en sus Consideraciones sobre el gobierno representativo, que hemos de tener en cuenta que en la democracia, al ser un sistema de todos y no sólo de la mayoría que coyunturalmente pueda darse, los intereses, las opiniones y los grados de inteligencia que existan en cada lugar y momento, aunque sean inferiores en número, pueden sin embargo tener la oportunidad de hacerse oír y obtener, gracias al peso de su carácter y a la fuerza de sus argumentos, una influencia superior al de la simple fuerza numérica.

Para Stuart Mill, sólo una democracia que permita esas condiciones merece denominarse como tal, porque solo de este modo, el sistema se vería protegido de los males que aquejan a las denominadas falsas democracias. El filósofo, político y economista británico, entre esos males, identificó los denominados gobiernos de clase, dejando apuntado a este respecto, que las Constituciones pueden quedar sujetas, efectivamente, a los vicios característicos de esos gobierno de clase; y precisamente por ello, toda la confianza que se pone en las Constituciones está basada, no sólo en el convencimiento de que los depositarios del poder no harán mal empleo del mismo, sino que no podrán hacerlo aunque quieran.

En definitiva, la democracia no es la forma ideal de gobierno, a menos que este punto débil suyo pueda ser reforzado, es decir, a menos que el sistema pueda organizarse de tal manera, que ninguna clase, ni siquiera la que coyunturalmente sea más numerosa o más poderosa, pueda eliminar políticamente todo lo que no sea ella misma y dirigir todo el curso de la legislación y el poder de la Administración, de acuerdo con sus propios intereses y estrategias.

Una fijación que cobra hoy plena vigencia, que nos evoca situaciones que padecemos actualmente en algunas latitudes de nuestro país y que nos aboca también a asumir y reflexionar sobre el problema de los medios para impedir este abuso, sin llegar a sacrificar las ventajas características del gobierno popular. En todo caso, la garantía en momentos de exaltación, en los que se suceden situaciones como las apuntadas, no es otra que respetar y defenderla Constitución.

JUAN. J. GUTIÉRREZ ALONSO


 
Jun19

Discurso íntegro de D. Felipe VI

"Comparezco hoy ante Las Cortes Generales para pronunciar el juramento previsto en nuestra Constitución y ser proclamado Rey de España. Cumplido ese deber constitucional, quiero expresar el reconocimiento y el respeto de la Corona a estas Cámaras, depositarias de la soberanía nacional. Y permítanme que me dirija a sus señorías y desde aquí, en un día como hoy, al conjunto de los españoles.Inicio mi reinado con una profunda emoción por el honor que supone asumir la Corona, consciente de la responsabilidad que comporta y con la mayor esperanza en el futuro de España.Una nación forjada a lo largo de siglos de Historia por el trabajo compartido de millones de personas de todos los lugares de nuestro territorio y sin cuya participación no puede entenderse el curso de la Humanidad.

d-felipe

Una gran nación, Señorías, en la que creo, a la que quiero y a la que admiro; y a cuyo destino me he sentido unido toda mi vida, como Príncipe Heredero y -hoy ya- como Rey de España.Ante sus Señorías y ante todos los españoles -también con una gran emoción- quiero rendir un homenaje de gratitud y respeto hacia mi padre, el Rey Juan Carlos I. Un reinado excepcional pasa hoy a formar parte de nuestra historia con un legado político extraordinario. Hace casi 40 años, desde esta tribuna, mi padre manifestó que quería ser Rey de todos los españoles. Y lo ha sido. Apeló a los valores defendidos por mi abuelo el Conde Barcelona y nos convocó a un gran proyecto de concordia nacional que ha dado lugar a los mejores años de nuestra historia contemporánea.En la persona del Rey Juan Carlos rendimos hoy el agradecimiento que merece una generación de ciudadanos que abrió camino a la democracia, al entendimiento entre los españoles y a su convivencia en libertad. Esa generación, bajo su liderazgo y con el impulso protagonista del pueblo español, construyó los cimientos de un edificio político que logró superar diferencias que parecían insalvables, conseguir la reconciliación de los españoles, reconocer a España en su pluralidad y recuperar para nuestra Nación su lugar en el mundo.Y me permitirán también, Señorías, que agradezca a mi madre, la Reina Sofía, toda una vida de trabajo impecable al servicio de los españoles. Su dedicación y lealtad al Rey Juan Carlos, su dignidad y sentido de la responsabilidad, son un ejemplo que merece un emocionado tributo de gratitud que hoy -como hijo y como Rey- quiero dedicarle. Juntos, los Reyes Juan Carlos y Sofía, desde hace más de 50 años, se han entregado a España. Espero que podamos seguir contando muchos años con su apoyo, su experiencia y su cariño.A lo largo de mi vida como Príncipe de Asturias, de Girona y de Viana, mi fidelidad a la Constitución ha sido permanente, como irrenunciable ha sido -y es- mi compromiso con los valores en los que descansa nuestra convivencia democrática. Así fui educado desde niño en mi familia, al igual que por mis maestros y profesores. A todos ellos les debo mucho y se lo agradezco ahora y siempre. Y en esos mismos valores de libertad, de responsabilidad, de solidaridad y de tolerancia, la Reina y yo educamos a nuestras hijas, la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía.Señoras y Señores Diputados y Senadores,Hoy puedo afirmar ante estas Cámaras -y lo celebro- que comienza el reinado de un Rey constitucional. Un Rey que accede a la primera magistratura del Estado de acuerdo con una Constitución que fue refrendada por los españoles y que es nuestra norma suprema desde hace ya más de 35 años.Un Rey que debe atenerse al ejercicio de las funciones que constitucionalmente le han sido encomendadas y, por ello, ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado, asumir su más alta representación y arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones.Un Rey, en fin, que ha de respetar también el principio de separación de poderes y, por tanto, cumplir las leyes aprobadas por las Cortes Generales, colaborar con el Gobierno de la Nación -a quien corresponde la dirección de la política nacional- y respetar en todo momento la independencia del Poder Judicial. No tengan dudas, Señorías, de que sabré hacer honor al juramento que acabo de pronunciar; y de que, en el desempeño de mis responsabilidades, encontrarán en mí a un Jefe del Estado leal y dispuesto a escuchar, a comprender, a advertir y a aconsejar; y también a defender siempre los intereses generales.Y permítanme añadir, que a la celebración de este acto de tanta trascendencia histórica, pero también de normalidad constitucional, se une mi convicción personal de que la Monarquía Parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España.La independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas, le permiten contribuir a la estabilidad de nuestro sistema político, facilitar el equilibrio con los demás órganos constitucionales y territoriales, favorecer el ordenado funcionamiento del Estado y ser cauce para la cohesión entre los españoles. Todos ellos, valores políticos esenciales para la convivencia, para la organización y desarrollo de nuestra vida colectiva.Pero las exigencias de la Corona no se agotan en el cumplimiento de sus funciones constitucionales. He sido consciente, desde siempre, de que la Monarquía Parlamentaria debe estar abierta y comprometida con la sociedad a la que sirve; ha de ser una fiel y leal intérprete de las aspiraciones y esperanzas de los ciudadanos, y debe compartir -y sentir como propios- sus éxitos y sus fracasos.La Corona debe buscar la cercanía con los ciudadanos, saber ganarse continuamente su aprecio, su respeto y su confianza; y para ello, velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social. Porque, sólo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones. Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos inspiren -y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de los ciudadanos.Éstas son, Señorías, mis convicciones sobre la Corona que, desde hoy, encarno: una Monarquía renovada para un tiempo nuevo. Y afronto mi tarea con energía, con ilusión y con el espíritu abierto y renovador que inspira a los hombres y mujeres de mi generación.Señoras y Señores Diputados y Senadores,Hoy es un día en el que, si tuviéramos que mirar hacia el pasado, me gustaría que lo hiciéramos sin nostalgia, pero con un gran respeto hacia nuestra historia; con espíritu de superación de lo que nos ha separado o dividido; para así recordar y celebrar todo lo que nos une y nos da fuerza y solidez hacia el futuro.En esa mirada deben estar siempre presentes, con un inmenso respeto también, todos aquellos que, víctimas de la violencia terrorista, perdieron su vida o sufrieron por defender nuestra libertad. Su recuerdo permanecerá en nuestra memoria y en nuestro corazón. Y la victoria del Estado de Derecho, junto a nuestro mayor afecto, será el mejor reconocimiento a la dignidad que merecen.Y mirando a nuestra situación actual, Señorías, quiero también transmitir mi cercanía y solidaridad a todos aquellos ciudadanos a los que el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente hasta verse heridos en su dignidad como personas. Tenemos con ellos el deber moral de trabajar para revertir esta situación y el deber ciudadano de ofrecer protección a las personas y a las familias más vulnerables. Y tenemos también la obligación de transmitir un mensaje de esperanza -especialmente a los más jóvenes- de que la solución de sus problemas y en particular la obtención de un empleo, sea una prioridad para la sociedad y para el Estado. Sé que todas sus Señorías comparten estas preocupaciones y estos objetivos.Pero sobre todo, Señorías, hoy es un día en el que me gustaría que miráramos hacia adelante, hacia el futuro; hacia la España renovada que debemos seguir construyendo todos juntos al comenzar este nuevo reinado.A lo largo de estos últimos años -y no sin dificultades- hemos convivido en democracia, superando finalmente tiempos de tragedia, de silencio y oscuridad. Preservar los principios e ideales en los que se ha basado esa convivencia y a los que me he referido antes, no sólo es un acto de justicia con las generaciones que nos han precedido, sino una fuente de inspiración y ejemplo en todo momento para nuestra vida pública. Y garantizar la convivencia en paz y en libertad de los españoles es y será siempre una responsabilidad ineludible de todos los poderes públicos.Los hombres y mujeres de mi generación somos herederos de ese gran éxito colectivo admirado por todo el mundo y del que nos sentimos tan orgullosos. A nosotros nos corresponde saber transmitirlo a las generaciones más jóvenes.Pero también es un deber que tenemos con ellas -y con nosotros mismos-, mejorar ese valioso legado, y acrecentar el patrimonio colectivo de libertades y derechos que tanto nos ha costado conseguir. Porque todo tiempo político tiene sus propios retos; porque toda obra política -como toda obra humana- es siempre una tarea inacabada.Los españoles y especialmente los hombres y mujeres de mi generación, Señorías, aspiramos a revitalizar nuestras instituciones, a reafirmar, en nuestras acciones, la primacía de los intereses generales y a fortalecer nuestra cultura democrática.Aspiramos a una España en la que se puedan alcanzar acuerdos entre las fuerzas políticas sobre las materias y en los momentos en que así lo aconseje el interés general.Queremos que los ciudadanos y sus preocupaciones sean el eje de la acción política, pues son ellos quienes con su esfuerzo, trabajo y sacrificio engrandecen nuestro Estado y dan sentido a las instituciones que lo integran.Deseamos una España en la que los ciudadanos recuperen y mantengan la confianza en sus instituciones y una sociedad basada en el civismo y en la tolerancia, en la honestidad y en el rigor, siempre con una mentalidad abierta y constructiva y con un espíritu solidario.Y deseamos, en fin, una España en la que no se rompan nunca los puentes del entendimiento, que es uno de los principios inspiradores de nuestro espíritu constitucional.En ese marco de esperanza quiero reafirmar, como Rey, mi fe en la unidad de España, de la que la Corona es símbolo. Unidad que no es uniformidad, Señorías, desde que en 1978 la Constitución reconoció nuestra diversidad como una característica que define nuestra propia identidad, al proclamar su voluntad de proteger a todos los pueblos de España, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones. Una diversidad que nace de nuestra historia, nos engrandece y nos debe fortalecer. En España han convivido históricamente tradiciones y culturas diversas con las que de continuo se han enriquecido todos sus pueblos. Y esa suma, esa interrelación entre culturas y tradiciones tiene su mejor expresión en el concierto de las lenguas. Junto al castellano, lengua oficial del Estado, las otras lenguas de España forman un patrimonio común que, tal y como establece la Constitución, debe ser objeto de especial respeto y protección; pues las lenguas constituyen las vías naturales de acceso al conocimiento de los pueblos y son a la vez los puentes para el diálogo de todos los españoles. Así lo han considerado y reclamado escritores tan señeros como Antonio Machado, Espriu, Aresti o Castelao. En esa España, unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley, cabemos todos; caben todos los sentimientos y sensibilidades, caben las distintas formas de sentirse español. Porque los sentimientos, más aún en los tiempos de la construcción europea, no deben nunca enfrentar, dividir o excluir, sino comprender y respetar, convivir y compartir.Y esa convivencia, la debemos revitalizar cada día, con el ejercicio individual y colectivo del respeto mutuo y el aprecio por los logros recíprocos. Debemos hacerlo con el afecto sincero, con la amistad y los vínculos de hermandad y fraternidad que son indispensables para alimentar las ilusiones colectivas.Trabajemos todos juntos, Señorías, cada uno con su propia personalidad y enriqueciendo la colectiva; hagámoslo con lealtad, en torno a los nuevos objetivos comunes que nos plantea el siglo XXI. Porque una nación no es sólo su historia, es también un proyecto integrador, sentido y compartido por todos, que mire hacia el futuro. Un nuevo siglo, Señorías, que ha nacido bajo el signo del cambio y la transformación y que nos sitúa en una realidad bien distinta de la del siglo XX.Todos somos conscientes de que estamos asistiendo a profundas transformaciones en nuestras vidas que nos alejan de la forma tradicional de ver el mundo y de situarnos en él. Y que, al tiempo que dan lugar a inquietud, incertidumbre o temor en los ciudadanos, abren también nuevas oportunidades de progreso.Afrontar todos estos retos y dar respuestas a los nuevos desafíos que afectan a nuestra convivencia, requiere el concurso de todos: de los poderes públicos, a los que corresponde liderar y definir nuestros grandes objetivos nacionales; pero también de los ciudadanos, de su impulso, su convicción y su participación activa. Es una tarea que demanda un profundo cambio de muchas mentalidades y actitudes y, por supuesto, gran determinación y valentía, visión y responsabilidad. Nuestra Historia nos enseña que los grandes avances de España se han producido cuando hemos evolucionado y nos hemos adaptado a la realidad de cada tiempo; cuando hemos renunciado al conformismo o a la resignación y hemos sido capaces de levantar la vista y mirar más allá -y por encima- de nosotros mismos; cuando hemos sido capaces de compartir una visión renovada de nuestros intereses y objetivos comunes.El bienestar de nuestros ciudadanos -hombres y mujeres-, Señorías, nos exige situar a España en el siglo XXI, en el nuevo mundo que emerge aceleradamente; en el siglo del conocimiento, la cultura y la educación.Tenemos ante nosotros el gran desafío de impulsar las nuevas tecnologías, la ciencia y la investigación, que son hoy las verdaderas energías creadoras de riqueza; el desafío de promover y fomentar la innovación, la capacidad creativa y la iniciativa emprendedora como actitudes necesarias para el desarrollo y el crecimiento.Todo ello es, a mi juicio, imprescindible para asegurar el progreso y la modernización de España y nos ayudará, sin duda, a ganar la batalla por la creación de empleo, que constituye hoy la principal preocupación de los españoles. El siglo XXI, el siglo también del medio ambiente, deberá ser aquel en el que los valores humanísticos y éticos que necesitamos recuperar y mantener, contribuyan a eliminar las discriminaciones, afiancen el papel de la mujer y promuevan aún más la paz y la cooperación internacional.Señorías, me gustaría referirme ahora a ese ámbito de las relaciones internacionales, en el que España ocupa una posición privilegiada por su lugar en la geografía y en la historia del mundo. De la misma manera que Europa fue una aspiración de España en el pasado, hoy España es Europa y nuestro deber es ayudar a construir una Europa fuerte, unida y solidaria, que preserve la cohesión social, afirme su posición en el mundo y consolide su liderazgo en los valores democráticos que compartimos. Nos interesa, porque también nos fortalecerá hacia dentro. Europa no es un proyecto de política exterior, es uno de los principales proyectos para el Reino de España, para el Estado y para la sociedad.Con los países iberoamericanos nos unen la historia y lazos muy intensos de afecto y hermandad. En las últimas décadas, también nos unen intereses económicos crecientes y visiones cada vez más cercanas sobre lo global. Pero, sobre todo, nos une nuestra lengua y nuestra cultura compartidas. Un activo de un inmenso valor que debemos potenciar con determinación y generosidad.Y finalmente, nuestros vínculos antiguos de cultura y de sensibilidad próximos con el Mediterráneo, Oriente Medio y los países árabes, nos ofrecen una capacidad de interlocución privilegiada, basada en el respeto y la voluntad de cooperar en tantos ámbitos de interés mutuo e internacional, en una zona de tanta relevancia estratégica, política y económica.En un mundo cada vez más globalizado, en el que están emergiendo nuevos actores relevantes, junto a nuevos riesgos y retos, sólo cabe asumir una presencia cada vez más potente y activa en la defensa de los derechos de nuestros ciudadanos y en la promoción de nuestros intereses, con la voluntad de participar e influir más en los grandes asuntos de la agenda global y sobre todo en el marco de las NN.UU. Señoras y Señores Diputados y Senadores,Con mis palabras de hoy, he querido cumplir con el deber que siento de transmitir a sus señorías y al pueblo español, sincera y honestamente, mis sentimientos, convicciones y compromisos sobre la España con la que me identifico, la que quiero y a la que aspiro; y también sobre la Monarquía Parlamentaria en la que creo: como dije antes y quiero repetir ahora, una monarquía renovada para un tiempo nuevo.Y al terminar mi mensaje quiero agradecer a los españoles el apoyo y el cariño que en tantas ocasiones he recibido. Mi esperanza en nuestro futuro se basa en mi fe en la sociedad española; una sociedad madura y vital, responsable y solidaria, que está demostrando una gran entereza y un espíritu de superación que merecen el mayor reconocimiento.Señorías, tenemos un gran País; Somos una gran Nación, creamos y confiemos en ella.Decía Cervantes en boca de Don Quijote: "no es un hombre más que otro si no hace más que otro".Yo me siento orgulloso de los españoles y nada me honraría más que, con mi trabajo y esfuerzo de cada día, los españoles pudieran sentirse orgullosos de su nuevo Rey.Muchas gracias. Moltes gràcies. Eskerrik asko. Moitas grazas".

 
Jun08

Carta Abierta a D. Manuel Morales. Coordinador de IU de Granada.

Estimado Sr.:

Como ciudadano, quedo perplejo y atónito tras la lectura de sus declaraciones en la edición del periódico Ideal el pasado 5 de junio. Usted afirma que: “Parece mentira que en 2014 tengamos que luchar por el derecho a votar". Es ciertamente increíble que un representante político profesional, como lo es usted, explicite públicamente y sin temor alguno al ridículo, su desconocimiento  de la legalidad vigente,  y lo que es peor, de la Constitución Española.

Usted debería ser consciente de que, a lo largo de su vida como profesional de la política, ha debido jurar o prometer en varias ocasiones, defender y respetar la Constitución Española. Usted debe saber que, para realizar un referéndum sobre un nuevo modelo de Estado, debe realizarse un cambio, que en su propuesta,  no es una reforma de la Constitución,  pues reforma significa: “acción y efecto de reformar o reformarse. 2. Lo que se propone, proyecta o ejecuta como innovación o mejora de alguna cosa”. Y, dudo que proponer la III República a estas alturas, sea una mejora y cuanto más una “innovación”. Créame Sr. Morales, lo que usted y muchos como usted proponen, ni afecta a la mayoría de la ciudadanía, ni supone una mejora del actual modelo de Estado que desde 1978, poseemos gracias, entre otros, a los votos de los entonces diputados del Partido Comunista de España, con D. Santiago Carrillo a la cabeza, quienes demostraron tener un alto sentido de Estado y del deber como españoles. ¿Cree usted que aquella votación fue antidemocrática o dictatorial?

Usted pide la República. Usted quiere una “res-publica”. Usted, es un servidor público como Delegado de la Consejería de Fomento, es un “res-publicano”, pues tiene obligación, comprometida por su juramento o promesa,  de mejorar la vida de los granadinos en lo que a infraestructuras se refiere.  Porque ¿usted sabrá lo que significa la palabra “república”?. Se lo recuerdo: es la acción de encargarse de la “res” (cosa), “publica” (del pueblo). Pues ejecute su tan deseado republicanismo en lo que está obligado a hacer por los votos de, al menos, los que confían en usted. Cumpla con sus promesas.

Finalmente, Sr. Morales, usted ha decido rebajar a la categoría de anécdota, lo que es un delito. Usted, no arrancó y destrozó la Enseña Nacional, es verdad, no lo hizo. Pero usted se hizo una fotografía, mientras uno o unos manifestantes la destrozaban.  Usted, que ha prometido o jurado defender la Constitución Española, es cómplice por omisión, de ese delito. Usted democráticamente elegido, tenía el deber y la obligación de defender esa Bandera. Mal republicano será si es incapaz de tal acción. ¿O es que una franja de color morado cambiará su ética profesional?

Sr. Morales, atienda sus obligaciones, pues políticos que piensen y se consideren republicanos no son una preocupación para la gran mayoría demócrata de los españoles, siempre respetando el orden Constitucional. Pero políticos como usted, sí forman parte de esa casta privilegiada, que constituyen la tercera preocupación o el tercer gran problema para los españoles, si leemos la última encuesta del CIS.

7 de Junio de 2014

Carta al director del periódico Ideal de Granada

 

 
Jun03

DISCURSO DEL REY

abdicacion

Abdicación de SM. Juan Carlos I. 

Me acerco a todos vosotros esta mañana a través de este mensaje para transmitiros, con singular emoción, una importante decisión y las razones que me mueven a tomarla.

En mi proclamación como Rey, hace ya cerca de cuatro décadas, asumí el firme compromiso de servir a los intereses generales de España, con el afán de que llegaran a ser los ciudadanos los protagonistas de su propio destino y nuestra Nación una democracia moderna, plenamente integrada en Europa.

Me propuse encabezar entonces la ilusionante tarea nacional que permitió a los ciudadanos elegir a sus legítimos representantes y llevar a cabo esa gran y positiva transformación de España que tanto necesitábamos.

Hoy, cuando vuelvo atrás la mirada, no puedo sino sentir orgullo y gratitud hacia vosotros.

Orgullo, por lo mucho y bueno que entre todos hemos conseguido en estos años. Y gratitud, por el apoyo que me habéis dado para hacer de mi reinado, iniciado en plena juventud y en momentos de grandes incertidumbres y dificultades, un largo período de paz, libertad, estabilidad y progreso.

Fiel al anhelo político de mi padre, el Conde de Barcelona, de quien heredé el legado histórico de la Monarquía española, he querido ser Rey de todos los españoles. Me he sentido identificado y comprometido con vuestras aspiraciones, he gozado con vuestros éxitos y he sufrido cuando el dolor o la frustración os han embargado.La larga y profunda crisis económica que padecemos ha dejado serias cicatrices en el tejido social, pero también nos está señalando un camino de futuro cargado de esperanza.

Estos difíciles años nos han permitido hacer un balance autocrítico de nuestros errores y de nuestras limitaciones como sociedad.

Y, como contrapeso, también han reavivado la conciencia orgullosa de lo que hemos sabido y sabemos hacer y de lo que hemos sido y somos: una gran nación.

Todo ello ha despertado en nosotros un impulso de renovación, de superación, de corregir errores y abrir camino a un futuro decididamente mejor. En la forja de ese futuro, una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista, el mismo que correspondió en una coyuntura crucial de nuestra historia a la generación a la que yo pertenezco.

Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana.

Mi única ambición ha sido y seguirá siendo siempre contribuir a lograr el bienestar y el progreso en libertad de todos los españoles.

Quiero lo mejor para España, a la que he dedicado mi vida entera y a cuyo servicio he puesto todas mis capacidades, mi ilusión y mi trabajo.

Mi hijo Felipe, heredero de la Corona, encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica.

Cuando el pasado enero cumplí 76 años consideré llegado el momento de preparar en unos meses el relevo para dejar paso a quien se encuentra en inmejorables condiciones de asegurar esa estabilidad.

El Príncipe de Asturias tiene la madurez, la preparación y el sentido de la responsabilidad necesaria para asumir con plenas garantías la Jefatura del Estado y abrir una nueva etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación. Contará

para ello, estoy seguro, con el apoyo que siempre tendrá de la Princesa Letizia.

Por todo ello, guiado por el convencimiento de prestar el mejor servicio a los españoles y una vez recuperado tanto físicamente como en mi actividad institucional, he decidido poner fin a mi reinado y abdicar la Corona de España, de manera que por el Gobierno y las Cortes Generales se provea a la efectividad de la sucesión conforme a las previsiones constitucionales.

Así acabo de comunicárselo oficialmente esta mañana al Presidente del Gobierno. Deseo expresar mi gratitud al pueblo español, a todas las personas que han encarnado los poderes y las instituciones del Estado durante mi reinado y a cuantos me han ayudado con generosidad y lealtad a cumplir mis funciones.

Y mi gratitud a la Reina, cuya colaboración y generoso apoyo no me han faltado nunca.

Guardo y guardaré siempre a España en lo más hondo de mi corazón.



 
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Actividades

Ciclo de Conferencias del curso 2013/2014:

España en su laberinto: ¿qué hacer?


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Tribuna Abierta

Argumentos para el debate,  de Francesc de Carreras en El País


Argumentos para el debate

 La parte favorable a una Cataluña dentro de España comienza a hacerse oír 


La opción independentista catalana fue en continuo ascenso desde la manifestación del 11 de septiembre de 2012 hasta hace unas semanas. Los argumentos a favor de que Cataluña se separara de España eran dominantes en los medios de comunicación catalanes. Las posiciones contrarias eran escasas y apenas escuchadas... Leer Más >>

Francesc de Carreras profesor de Derecho Constitucional

19 -02-2014

Constitución 1978

La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:

- Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

- Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.

- Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.

- Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.

- Establecer una sociedad democrática avanzada.

- Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra.

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